martes, 2 de abril de 2013

Las lecciones del 2011: Tres tesis sobre organización


Madrid, El Cairo, Tel Aviv y Nueva York y varias ciudades del mundo fueron tomadas en 2011 por un despertar colectivo.  Más allá de la polarización conceptual de partidos vanguardistas y redes virtuales dispersas, el pensador brasileño Rodrigo Nunes escudriña lo que quedó tras las oleadas revolucionarias del 2011 para dar cuenta de una imagen más refinada de dinámica organizacional en tiempos Web 2.0. Para Nunes es posible tener un movimiento masivo sin organizaciones masivas, mediado por el encuentro entre el descontento amplio y el acceso a herramientas tecnológicas que permiten una comunicación multi-polar, apuesta a un plazo mucho más largo que lo medible por ciclos electorales y el poder destituyente que abre nuevas formas políticas y mecanismos de representación. Además discute que la forma organizativa principal del 2011 haya sido la asamblea, sino que un liderazgo distribuido, que implica la posibilidad para individuos y grupos sin previa experiencia, de asumir temporalmente el rol de sacar cosas adelante en virtud de proveer acciones de puntos focales provisionales.

2011 fue un año excepcional, uno que podrá – ojalá – llegar un día a ser recordado junto a otros como 1968 y 1848. Eso dependerá de si los años que vienen cumplen con su promesa, haciendo con que aparezca retrospectivamente como el inicio de algo. Entender la naturaleza de aquella promesa y los medios por que se puede cumplirla son, por ello, una parte importante de convertirla en realidad. Un desafío clave en este respecto es desmenuzar los sucesos del 2011 al máximo posible de las representaciones falsas, tanto negativas como positivas, originadas en la cobertura mediática y, a veces, en las impresiones de sus protagonistas mismos. Intentar, en síntesis, ceñirse al máximo a lo que la gente hacía y hace, más que lo que se dice o decía que hacían y hacen.

El dictum de Negri sobre Lenin: “la organización es la espontaneidad que reflexiona sobre si misma”,  propone que la espontaneidad nunca es meramente sin forma sino que es siempre ya alguna suerte de organización [1]. Es un error de larga data del debate sobre organización polarizarlo como si fuera posible elegir entre la ausencia absoluta de forma (movimiento “espontáneo”) y la forma (el partido). Tanto como un partido, por más integral que sea en él el control, siempre tendrá un grado de porosidad y desviación anómala; a la vez, lo aparentemente disforme contendrá siempre su propia forma, aunque mutable y abierta. Las tres tesis que siguen apuntan a destacar algunas lecciones ya implícitas de los dos años pasados de lucha y acercarse a sus formas subyacentes.

1. ES POSIBLE TENER UN MOVIMIENTO MASIVO SIN ORGANIZACIONES MASIVAS

Esa lección no es precisamente nueva; la conocemos al menos desde el 1968, o desde los tardíos ’90 si descartamos por el momento las referencias clásicas. Es sin embargo necesario repetirla y formularla de esta manera, ya que intentar traducir las cuestiones levantadas por el presente al lenguaje de debates mas viejos puede a veces ser más iluminador que seguir insistiendo en su novedad absoluta.

Lo que importa aquí es no sólo el grado al que organizaciones masivas (partidos, sindicatos – con la excepción de las participación, relativamente secundaria, de los últimos en Egipto y Túnez) eran percibidas como “parte del problema”, o simplemente consideradas non-gratas, sino también hasta que punto se vieron cuestionadas como organizaciones masivas. Frente a un movimiento largo y heterogéneo en vivo desarrollo, quedó transparente su capacidad movilizadora limitada – y la calidad de su representación demasiado rancia, demasiado osificada, demasiado representativa como para importar. Cuando masas de gente se levantaron contra el sistema representativo y la escasez de opciones reales que este ofrecía, a los sindicatos y partidos en general se consideró más bien como representantes del sistema mismo que de aquellos que en principio debían representar.

Decir eso, queda claro, no nos dice nada en particular sobre el poder de permanencia de los movimientos surgidos en 2011, si la opción de no formar organizaciones masivas conllevará a la pérdida progresiva de momentum, o si formarlas será meramente divisor sin ser beneficioso. Ni tampoco dice nada sobre si organizaciones masivas por sí son proposiciones anticuadas[2] .  Pero sí dice algo sobre el estado de organizaciones masivas existentes y el potencial que reside en el encuentro entre un descontento social amplio y el acceso a herramientas tecnológicas que permiten una comunicación masiva y equivalente. Son, entonces, buenas noticias: las organizaciones masivas están en crisis en todos lados (inclusive América Latina, desde donde escribo en estos momentos); es bueno saber que es posible producir efectos políticos sin ellas.

También dice algo sobre la crisis de representación, y el periodo necesariamente largo que conlleva resolverla. Algunos fueron rápidos en describir los “fracasos” de los movimientos en Túnez, Egipto y España, en el sentido que las fuerzas que accedieron al poder finalmente no eran mucho mejores de las que fueron destituidas. La lógica detrás de este raciocinio es verdaderamente rara: si los movimientos empezaron reivindicando que todas decisiones esenciales quedaban fuera del alcance de la democracia representativa y que todas opciones dispuestas eran distintas tonalidades de lo mismo, esperar desmentirlos por destacar que lo que finalmente consiguieron fueron solamente distintas tonalidades de lo mismo, es esencialmente corroborar su afirmación. Sólo tiene sentido el argumento si uno ya ha aceptado la premisa que rechazan los movimientos: que no hay alternativas al “no hay alternativas” a que se oponen. Con eso, se deja de reconocer que han, desde el principio, apostado a un plazo mucho más largo que lo mensurable por ciclos electorales (y que demandará por cierto aún mucho más esfuerzo)[3] .

Respecto a un sistema político en su conjunto, esos movimientos ejercen – y es acaso lo único que de momento pueden hacer – lo que el Colectivo Situaciones ha llamado poder destituyente[4].  Sin duda también poseen un poder constituyente cuyo futuro y dirección todavía no se predice con facilidad. Puede abrir nuevas formas políticas, nuevos mecanismos de representación, nuevas instituciones o, como mínimo, nuevas organizaciones. Puede hacer todo ello a la vez, como fue el caso en Bolivia tras la crisis neoliberal. Pero en este momento, la principal meta factible es purgar rigurosamente el sistema; y no sólo no se puede hacer esto de un día para otro, la agudización de contradicciones en el corto plazo – España actualmente tiene un gobierno de derechas electo por el 30 por ciento de la población, mientras que encuestas indican que aproximadamente el 70 por ciento está de acuerdo con los indignados – puede, en un plazo más largo, llevar justamente a eso.

2.LA ORGANIZACIÓN NO HA DESAPARECIDO, SINO CAMBIADO...

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