miércoles, 23 de febrero de 2011

La lucha de clases en 1811 - Gonzalo Abella

La guerra de independencia (1810) fue un nuevo escenario para la lucha de clases que ya tenía varios siglos de desarrollo en nuestra América Abyayala.

Cien años antes de Colón se había erigido el Imperio Inka. Mercaderes intermediarios, ubicados en principio sobre la desembocadura del Río Guayas (hoy Ecuador) comenzaron su acumulación originaria controlando el comercio milenario que llegaba hasta Indonesia (vía Isla de Pascua),y desde la actual California hasta el Arauco chileno. Usando las conchas nacaradas del Spondylus como moneda, estos intermediarios cobraban peaje y pagaron su propio ejército mercenario. La consecuencia fue el quebranto del comercio por el Pacífico y entonces estos mercaderes se replegaron al Cusco, en el Perú, para intentar un control del comercio andino y el sojuzgamiento de los pueblos cordilleranos a través de la constitución de un imperio.

Desde entonces las comunidades andinas o ayllus aprendieron a resistir la opresión y la manipulación ideológica. Muchas veces el levantamiento abierto fue sustituido por estrategias audaces de resistencia cultural y económica. El Imperio Inka sólo pudo imponer formas limitadas de opresión que debieron ser negociadas un modo u otro con comunidades (ayllus) . Los sabios (amautas) siguieron desarrollando sus saberes en los laboratorios como Machu Picchu pero ahora bajo control del Cusco, centro imperial de todo el Tahuantisuyo.

O sea que la resistencia contra el colonialismo español no fue el inicio de la lucha de clases en nuestro continente; fue sí su ampliación hasta nuevos niveles de confrontación.

En la confrontación continental los imperios sucumbieron; en cambio las comunidades federadas mantuvieron la chispa de la resistencia.

El colonialismo español oprimió ferozmente a los pueblos originarios y a los esclavos introducidos desde África en plantaciones, minas, construcción de fortificaciones y ciudades, servicio doméstico, y servicios militares.

La opresión fue uniendo naturalmente a los pueblos originarios, a los afrodescendientes y a los sectores criollos excluidos de la propiedad de los medios de producción. Esta fue una tendencia general, no exenta de contradicciones, pero durante el siglo XVIII se entretejieron redes multiculturales, fraternas, que operaban al margen de las leyes coloniales. Estas redes no se planteaban un asalto revolucionario al Poder. Buscaban ampliar las zonas libres, fuera del control colonial, y rescatar a sus hermanos del cautiverio. Por ello en ciudades fortificadas, plantaciones y minas, se organizaron filiales de las redes de la resistencia, a veces bajo fachada religiosa, otras como aparente recuperación de sencillos pintoresquismos culturales. Las lavanderas y los carreros eran el nexo entre las redes libertarias de la selva, la montaña y la pradera, por un lado, y por otro los que aún gemían bajo la esclavitud y la opresión de las mitas, las encomiendas, la construcción de fortalezas y caminos empedrados y los mercados negreros urbanos.

Algunas Misiones jesuíticas alteraron las leyes coloniales, pues el colectivismo agrícola cambió la cabeza de los jesuitas más jóvenes, los cuales hicieron una relectura popular del Evangelio. Desviándose de los objetivos autoritarios y represivos que su fundador había establecido al servicio del Papa, estos jesuitas jóvenes transfirieron a las comunidades conocimientos tecnológicos, musicales y militares.

Cazadores de esclavos y masones liberales se unieron en su odio contra estos jesuitas y lograron su expulsión; pero las guerras guaraníticas y la resistencia al desmantelamiento misionero mostraron la madurez de los pueblos originarios y los afrodescendientes, que cerraron filas con los jesuitas transgresores contra los ejércitos colonialistas de España y Portugal.

Después de la derrota, muchas familias guaraní cristianas (tape misioneras) se refugiaron en el mundo gaucho; pero otras organizaron en las ruinas una vida de catacumbas de las que surgieron combatientes como Andresito Guaçurarí.

A fines del siglo XVIII, los combates revolucionaros de Túpac Amaru, Micaela Bastidas, Túpaj Katari y Bertolina Sisa no fueron “independentistas” sino luchas sociales, lucha de clases, por los derechos de los oprimidos.

Si sumamos a todo esto las noticias que llegaban de Europa, de las Colonias norteamericanas emancipadas y principalmente de Haití, comprenderemos que las redes multiculturales se fortalecían también en su cosmovisión.

De esta forma nacía una propuesta de Patria Grande fraterna, sin exclusiones, muy diferente a la Patria Grande que soñaban masones y latifundistas criollos.

Por todo esto la prisión del Rey de España por Napoleón va a acentuar las contradicciones entre tres sectores sociales:

-La burocracia virreinal y los conservadores “empecinados”

-Los latifundistas y masones criollos, servidores de Inglaterra

-Las redes multiculturales que sólo serán aliadas de los masones si hay pactos recíprocos y reconocimiento expreso a sus derechos y aspiraciones.

Comprendiendo la brújula de clases se entiende casi todo. Explica por ejemplo la mezquindad del nacionalismo burgués: los masones ingleses y franceses fueron hermanos en la lucha contra el absolutismo, pero se atacaron con encarnizamiento cuando Napoleón enfrentó la monarquía parlamentaria inglesa.

Las redes multiculturales que existían en toda Nuestra América en 1811 operaban ya con autonomía de clase. En la pradera oriental los pueblos originarios (ya muy “agauchados”), los afroamericanos (viviendo en comunidades libres) y los gauchos en general, se sentían hermanos de los pequeños hacendados “cimarrones” aborrecidos por cabildantes y grandes hacendados esclavistas.

Los sectores populares carecían de un proyecto político “de estado” para la Patria Grande pero tenían claro qué debían impedir: por ejemplo, se opusieron a la invasión inglesa de 1806-7 al Río de la Plata. El domino inglés podía ser buena para los masones librecambistas, peros seguramente malo para los oprimidos por sus formas más eficientes de dominación. Nadie ignoraba que los británicos, por su poderío naval, controlaban el tráfico esclavista.

Antes que una guerra, estas inmensas mayorías “marginales” preferían colocar gente aliada como curas párrocos, como cabildantes locales y como oficiales al mando directo de tropas Así ampliaban las zonas fuera de control colonial. Curas abolicionistas y criollos ilustrados como Artigas colaboraban participando, secretamente a su servicio, en la periferia de la institucionalidad colonial.

Por eso en 1810 la Revolución de Mayo expresó una iniciativa de masones, hacendados y saladeristas de residencia urbana. Entre los hombres de Mayo, una minoría radical aspiraba a una alianza con los sectores populares, pero la mayoría moderada aspiraba sólo a usar a los pueblos como carne de cañón.

La lucha de clases en 1811 para los pueblos de la pradera oriental-entrerriana y para las comunidades misioneras se expresó:

  1. en la búsqueda de alianzas con los hacendados ricos mediante un pliego de severas condiciones y compromisos mutuos,
  2. en el terreno militar, desarrollando una guerra irregular prolongada generalmente en coordinación con los libertadores y
  3. en las formidables asambleas de vecinos acompañadas de miles de fogones populares de los cuales no se llevaban actas.


Todo culmina con el éxodo oriental y la recepción entrerriana-misionera-paraguaya a este éxodo. Tanto el campamento peregrino como su cálida recepción y apoyo reafirmaron las bases de la futura Liga Federal.

Desde Montevideo
Un abrazo con el corazón
en El Espinillo

G.Abella
Para Actividad SXXI-FAE
23/2/2011

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