El 13 de julio, tras haber leído en Madrid, ante un selecto grupo de amigos, su flamante manuscrito, tomó un tren hacia Granada y se refugió en la casa de verano de su familia, la Huerta de San Vicente.
Si escapaba de los tumultos de Madrid, su elección fue un desacierto: una semana después, los militares golpistas se adueñaron de Granada, convertida de allí en más en Comandancia Militar a las órdenes del general Queipo de Llano, quien implantó el terror como método oficial.
Cinco mil granadinos fueron fusilados entre 1936 y 1939, García Lorca no iba a ser la excepción. Pero de todas formas, se trató de ocultar la verdad: para el generalísimo Francisco Franco, la muerte del poeta fue "un fatal accidente".
AIM-16/8-Leer
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