A veces, antes de que Israel y Egipto concluyeran un tratado de paz en 1979, agregaban maliciosamente que “no sé cuál será el primer país árabe que firme un tratado de paz con Israel, pero conozco el segundo”. La idea era que el Líbano, sólo del tamaño del País de Gales y con su población dividida por odios comunitarios, sectarios y partidarios, sería inevitablemente un juego de niños para la mayor potencia militar de Oriente Próximo. La minoría cristiana maronita del Líbano era un aliado obvio de Israel contra las fuerzas del nacionalismo árabe. La justificada reputación de viveza comercial y de capacidad de sobrevivir en todas las circunstancias de los libaneses sugería que serían los últimos en morir en la lucha hasta el final contra un enemigo de potencia abrumadora.
Un cuadro semejante de las futuras relaciones entre Israel y el Líbano, y el dominio inevitable del primero, sonaba bastante probable hace cuarenta años. En realidad ha resultado que el mejor día para que alguien invada o siquiera interfiera en el Líbano es usualmente el primero, y que después sus perspectivas comienzan a avinagrarse. Es lo que pasó con Israel. Unas semanas después de la invasión israelí de 1982, soldados israelíes que volvían a casa se arrojaban a tierra para besar suelo israelí en cuanto cruzaban la frontera, solamente agradecidos de haber vuelto con vida. Cuando las últimas tropas israelíes se retiraron en el año 2000 del trozo de territorio que todavía controlaban en el sur del Líbano, partieron en medio de la noche, abandonando a sus aliados cristianos del lugar a los triunfantes combatientes de Hizbulá.
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